
Proliferan en Salta manipuladores del amor que, por 10$, prometen someter a rebeldes, infieles arrepentidos o indiferentes, apelando a embrujos de sorprendente eficacia, prácticamente desde siempre, la libertad de amar tuvo mala prensa. La cultura dominante descreía de esta libertad y regulaba rígidamente las relaciones sentimentales, invariablemente heterosexuales.
Códigos no escritos definían qué era un buen matrimonio y tipificaban las infidelidades admitidas (por ejemplo las de naturaleza interétnica o interclasista) y las reprobadas (la leyenda de la mulánima expresa muy bien esta repulsa social).
Hasta bien entrado el siglo XX, las niñas estaban obligadas a seguir los mandatos paternos a la hora de seleccionar a sus esposos, y existían fuertes presiones simétricas sobre el varón. Al menos dentro de determinados círculos sociales cegados por la ambición aristocratizante.
Otro tanto ocurría con los noviazgos, donde la regla de la castidad venía complementada con una discreta pero amplia permisividad respecto de las visitas prostibularias de los varones jóvenes.
En los años sesenta, algunos afrancesados locales se internaron por la escabrosa senda del así llamado “amor libre”, que nada tiene que ver con lo que aquí llamamos “libertad amatoria”.
El “amor libre” era, en realidad, una fórmula pretendidamente elegante para encubrir el desenfreno, el donjuanismo y la concupiscencia. Sus cultores fueron, afortunadamente, pocos y no hicieron escuela. La pronta reacción de la sociedad sana los segregó y los años implacables hicieron sentir su influencia moderadora.
Fuera de este episodio cultural, la sociedad salteña avanzó lenta y saludablemente hacia una mayor libertad en materia amatoria. Por lo pronto, la dictadura paterna feneció y las niñas conquistaron el derecho de buscar, seleccionar, descartar y finalmente entregar su vida a los quehaceres del matrimonio.
Sin embargo, este verdadero proceso de confluencia con occidente, está sufriendo un feroz ataque.
En efecto, proliferan en Salta hechiceros, magos y chamanes de probada eficacia en asuntos amorosos, con creciente influencia en los círculos del poder y en los más diversos sectores sociales.
No se trata ya de aquellos a veces inocentes “magos” (uno de los cuales, ostentando la categoría de Profesor, brindó grandes servicios a poderosos locales) expertos en malabares, ni de los también cándidos “adivinos” que, en las vecindades del Rio Arias, predecían el futuro por una módica cantidad de dinero.
Tampoco de la más sofisticada Miss LLAMIL de nula eficacia en temas de amor, pero contundente a la hora de reorientar negocios o de exterminar envidias.
El tremendo peligro nace de una media docena de hechiceros, casi infalibles, que prometen “poner a sus pies a cualquier amor rebelde”.
Las consecuencias de este accionar son realmente catastróficas. Y no solo para la familia salteña, pues se cuentan por decenas los turistas que, atraídos por los relatos acerca de la contundente eficacia de estos profesionales de las artes no santas, encomiendan sus asuntos a los “mentalistas” locales.
Piénsese por ejemplo en una pareja donde una de las partes decide pedir al juez el divorcio y la otra contraataca pasándose por una de las callecitas que bordean el Parque San Martín y pagando para someter al rebelde.
O en algo más perverso aún: Usted, o yo mismo, sin saberlo despertamos amores en una vecina y ésta, ante nuestra indiferencia, llama en auxilio al hechicero que deambula entre el Paseo de los Poetas y el ramal jujeño y le paga para que “caigamos rendidos a sus pies”.
Conozco el caso de un excelente marido que fue víctima de estas artes demoníacas y, contra su voluntad, traicionó a su esposa. Con el agravante de que el argumento de que había sido víctima de un embrujamiento no fue aceptado por su atribulada familia.
Pienso, modestamente, que los jueces deberían prohibir estas prácticas y garantizar a todos el derecho a la libertad amatoria.
Mientras la inspiración republicana sacude a los pretores locales, los más precavidos se proveen de antídotos de origen vegetal en San Agustín o en el Mercado San Miguel.

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